El fútbol y la tierra que dejé

Texto y fotos por: Loanny Picado

La vida siempre ha sido agitada en los barrios de Managua, la capital de Nicaragua. El sofocante sol abraza a las familias, los niños despiertan para ir a la escuela y el bullicio del tráfico empieza a enloquecer las calles.

En el barrio Reparto Shick, segunda etapa, de la parada de autobús el Chaparral, tres calles en dirección al oeste, en la casa F.31 vive mi madre, una mujer de 76 años, que se recupera de su cáncer. Mi hermana mayor y hermano  la cuidan, aunque ella es fuerte como el roble, su mirada refleja tristeza, muchos de sus hijos se han ido a otro país en busca de seguridad y una mejor vida. 

La silla de papá está vacía, pero su imagen en mi cabeza está fresca, y lo diviso sentado, escuchando la radio. Procesar su muerte ha sido doloroso para todos, principalmente por la forma en que falleció. No lo pudimos despedir, el covid se llevó lo último que quedaba de mi padre y con él se murió parte de nosotros. 

Desde hace tres años estoy exiliada en Holanda y  mientras escribo esto,  siento que estoy en Nicaragua. Recuerdo cada rincón del barrio, la casa de mi infancia, las calles donde aprendí a jugar fútbol, y tuve grandes amigos.

En la década de los noventa, esa calle pavimentada donde aprendí a manejar bicicleta sola, era de tierra. Las marcas en mis rodillas relatan las caídas que ocasionaron esas andanzas. Mi madre se molestaba,  mis gustos por jugar con la pelota en la calle pudieron más que las clases de tejido y baile que me obligó a tomar.

“Prefiero que ande detrás de una pelota y no de chicos”, decía papá. Seguramente su tranquilidad radicaba en que no acabaría como la mayoría de las adolescentes de mi barrio, embarazada y obligada a dejar la escuela.

A la niña “tomboy”  que vestía de camisetas, pantalones cortos , le gustaba ir a jugar al fútbol con los chicos de la calle y leerse los libros de aventuras y revistas deportivas. Todos teníamos algo en común, nuestra pasión a jugar y soñar juntos que llegaríamos tan lejos como Maradona, Gabriel Batistuta o Zidane.

Howard, era mi vecino. Frecuentemente hablábamos a través del muro que dividía el patio de la casa. Le encantaba el baloncesto. Su padre, había incorporado una cancha frente a la calle.

Aunque a medida que crecimos nos distanciamos, siempre guardé esas memorias en mi mente. Él vestido con el uniforme de los Chicago Bulls, haciendo alarde de su habilidad para anotar puntos. 

Hoy esa cancha ya no está. Desde que Howard falleció de leucemia nunca se miró a otra persona con la pelota de baloncesto a los alrededores de la casa. Cuando los seres queridos mueren, una parte de la vida de cada persona también se pierde con ellos.

En la calle llamada “La cancha”, era el punto de reunión de todos para jugar, pero en ocasiones era el lugar donde la famosa pandilla “Cancheros” hacia sus células de reunión. Hubo una época en que nadie podía salir más allá de seis de la tarde. Casi a diario se escuchaban  los disparos, los gritos de las pandillas y la policía en cacería de ellos.

Algunos de mis amigos han fallecido. La pobreza y la carencia de oportunidades los arrinconaron a la violencia y las pandillas, otros tuvieron la suerte de emigrar y tener una mejor vida, y en mi caso  una familia que me guió por el camino correcto para seguir con mis estudios y formarme como profesional del periodismo.

El fútbol tuvo un gran impacto en mi vida.  Mi destreza con la pelota y la pluma para escribir me brindaron las oportunidades de estudiar en los mejores colegios y la universidad de mi país, viajar al extranjero y tener mi máster en periodismo. 

Mi diario vivir era el deporte y mi familia, pero todo cambió en abril de 2018, cuando el régimen que se instauró en Nicaragua inició una represión masiva contra la sociedad civil que pedía  libertad y democracia. 

Recuerdo que estaba en el Estadio Nacional de Fútbol en Managua, eran casi las nueve de la noche y jugaba la selección femenina. Mientras las chicas batallaban en la cancha, a las afueras se escuchaban los disparos de los policías contra los estudiantes. Cuando salí del estadio, miré cómo un paramilitar afiliado al régimen golpeaba a sangre fría a un joven no mayor de 16 años. Su rostro terminó ensangrentado, pedí ayuda y lo llevé al hospital, unos días después había fallecido.

La noche de ese 19 de abril murieron los dos primeros jóvenes de los más de 350 que han sido asesinadas por la policía y paramilitares afines al gobierno liderado por Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Era imposible seguir escribiendo de fútbol cuando en Nicaragua había un genocidio desalmado, donde los estadios eran ocupados como búnkeres de torturas y paramilitares. No era posible seguir como si nada, mientras mis amigos eran apresados y colegas amenazados de muerte y cárcel.

La última vez que miré a mis padres fue un 27 de julio de 2019 en el Aeropuerto de Managua. Salí del país, debido a las persecuciones y amenazas de miembros del partido de gobierno. En migración me retuvieron por dos horas, en un interrogatorio sin sentido ni justificación y gracias a que mi padre trabajó por muchos años en el aeropuerto, logré salir y abordar el avión que me llevaba para Houston, Estados Unidos.

Mis lágrimas no pudieron contenerse y le dije a mi padre que regresaría. Cuando el avión despegaba canté el Himno Nacional , mientras miraba a través de la ventana la Managua donde crecí y jugaba al fútbol. Me obligaron a salir de mi tierra, y hasta hoy me prohiben entrar en  ella.

Solo soy una de las personas afortunadas, que por cuestiones del destino me casé hace diez años con un holandés, y gracias a esto  puedo estar a salvo en Europa. Soy una  más de los 100 mil nicaragüenses que les han obligado a exiliarse a raíz de la represión dictatorial.

En Holanda, la vida no es fácil, adaptarse a una nueva cultura, costumbres es complicado, principalmente cuando tu mente aún está en tu país de origen y los fantasmas de los que han muerto aún aparecen en tus sueños. 

Han pasado tres años y nada ha cambiado en Nicaragua, la situación empeora. Existen más de 170 presos políticos, entre ellos  Miguel Mendoza, periodista deportivo, quien fue sentenciado a nueve años de cárcel por «traición a la patria», cuando solo expresaba sus opiniones acerca de la problemática del país.

Ejercer el periodismo deportivo es difícil en Holanda, principalmente por el idioma. Trato de incorporarme y estoy jugando en un equipo de fútbol femenino, voy a los estadios para entrevistar a los jugadores latinos que militan en la liga. Sigo con mi vida lejos de mi tierra, pero aún me siento como ese ratón de laboratorio, perdida en un laberinto sin salida. 

Cuando estoy en el Arena Johan Cruyff  vuelvo a ser esa joven con hambre, fascinada por la táctica del fútbol. Por noventa minutos puedo apartar de mi mente los recuerdos de un patria destruida, pero cuando el árbitro finaliza el juego, el estruendo de los  disparos en aquellas protestas agitadas donde murieron varios estudiantes frente a mis ojos siguen irrumpiendo mis pensamientos.

No es fácil lidiar con el trauma de lo que has visto, y vivido, no es  como borrarlo del papel y pintar algo nuevo. Es mucho más complejo y quizás solo aquel que ha pasado por esto podría entenderlo. 

Lo peor que puede pasarle a un periodista es que mueran sus ganas de escribir, y eso es algo que no estoy dispuesta a dejar. Sería una derrota para el periodismo callar ante la injusticia, sería rendirse ante los que insisten en callarnos. No sé si alguna vez regrese a mi país, pero nunca  renunciaré a mi carrera, ni a esa hermosa tierra donde aprendí a gambetear la pelota.

El populoso barrio donde crecí ya no es el mismo. Solo han quedado las sombras del pasado, un cementerio donde se enterró el espíritu de los jóvenes, a quienes les arrebataron la vida, con los que alguna vez jugué, mientras soñábamos tras ese esférico de gaucho.

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